Isaías 9:2-7 (RVR1960)
[2] El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos. [3] Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. [4] Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. [5] Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego. [6] Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. [7] Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.


Esta fue la profecía de Isaías, escrita aproximadamente 500 años antes de Cristo, acerca del Mesías esperado. Así como en aquellos tiempos el pueblo de Dios tenía la promesa de ese Mesías, hoy también tenemos esa misma promesa, pero mucho más clara. Aquí se habló de aquel Príncipe de Paz, y nosotros ya sabemos su nombre: Jesús, el Hijo de Dios.

No debemos descuidar nuestra relación con Él. De la misma manera que se profetizó que vendría y cumplió, también dejó escrito que regresará:

“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” (Apocalipsis 1:7).

Hoy es un buen día para agradecer su fidelidad y orar por aquellos que aún están en tinieblas. Ellos no tienen descanso ni seguridad sobre dónde pasarán su eternidad. Todos conocemos a alguien que no ha conocido a Jesús, el Hijo de Dios.