La Importancia de los Dones del Espíritu en la Iglesia Actual

Luces, pantallas, instrumentos musicales, consolas, humo, tarimas y brillo han tomado un lugar prominente en muchos templos cristianos de hoy. Durante la última década, la Iglesia ha adoptado la postura de que, para atraer vidas a los pies de Cristo, es necesario “modernizarnos”. Se repite con frecuencia la frase: «una iglesia que se adapta a los tiempos», como justificación para cambiar la forma de predicar, adorar y reunirnos.

Si bien es cierto que debemos utilizar los recursos tecnológicos y los medios digitales disponibles para alcanzar a más personas —tal como Pablo se hizo “todo para todos, a fin de salvar a algunos” (1 Corintios 9:22)—, esta actualización nunca debe hacerse a costa de dejar de lado al Espíritu Santo y Sus dones. La Iglesia del siglo XXI no puede permitirse cambiar el poder por la apariencia, ni la gloria por el espectáculo.

Con profundo dolor, vemos cada vez más iglesias donde los dones del Espíritu son ignorados, minimizados o vistos como algo del pasado. Se piensa que pueden “asustar” a quienes no los entienden, y se decide esconderlos. Pero eso es negar parte esencial del diseño divino para el crecimiento y la edificación del cuerpo de Cristo. “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Corintios 12:7). ¿Cómo pretendemos cumplir la Gran Comisión (Mateo 28:19–20) sin las herramientas que el mismo Espíritu ha provisto?

Los dones espirituales no son un lujo ni una opción; son una necesidad. La Palabra nos enseña: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:11–12). Una iglesia sin la manifestación del Espíritu Santo es una iglesia con miedo, estancada, vulnerable al error, sin dirección clara, sin sanidad y sin fruto genuino.

No confundamos cantidad con calidad. Podemos tener mil personas sentadas cada domingo, pero sin discipulado, sin transformación, sin rendición verdadera a Cristo. Jesús nos advirtió: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8). No necesitamos más asistentes; necesitamos más discípulos llenos del Espíritu.

La Iglesia debe avanzar con excelencia tecnológica, sí, pero sin perder su esencia espiritual. Necesitamos congregaciones modernas, pero arraigadas en el poder del Espíritu Santo, que no solo hablen de Dios, sino que manifiesten Su gloria. “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Corintios 4:20).

Hoy hacemos un llamado: sin el Espíritu Santo, solo somos un club social que se reúne los domingos. No apaguemos al Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19). Dejemos que fluya, que sane, que hable, que transforme. Solo así seremos verdaderamente relevantes en este tiempo.

Dios los bendiga y los llene de discernimiento, poder y pasión por Su presencia.

 

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