Por: Jessenia Morales

¿Quién de nosotros puede decir que nunca ha pasado por una decisión difícil o por alguna etapa que pensábamos que nunca iba a culminar? La mayoría de las personas, aunque sea una vez en la vida, pasan por alguna situación familiar, financiera, de salud o emocional que marca nos marcan de manera sobrenatural. Hay situaciones que enfrentamos que son simplemente un pequeño torbellino; sin embargo, otras pueden llegar a ser una verdadera tribulación momentánea, como diría Pablo en 2 Corintios 4:17-18.

Algunos de nosotros hemos estado sentados en las gradas y hemos aconsejado a nuestras amistades o a nuestros familiares diciéndoles: “Todo va a estar bien, ya verás que todo va a pasar”. “Ya verás que consigues un trabajo y que las cosas van a mejorar”. “Tendrás salud pronto, es solo un momento difícil en la vida”. Recuerdo haber mencionado alguna de estas frases, pero aún no me había encontrado sentada en el asiento del avión. Cuando estas amarrado y listo para el despegue, tu mente se relaja completamente, confiando en que en algunas horas llegaras a tu destino. El avión despega y, una vez en el aire, cuando todo parece calmado, comienzan las turbulencias. Al instante, tus instintos se agudizan y el miedo corre a través de todo tu cuerpo; comienzas a sentir que tu boca se seca y tus manos se ponen sudorosas. Confías en que Dios está contigo, te sumerges en la oración ferviente y, cuando te encuentras intensamente orando, sientes que el avión se va en picada. Aprietas tus ojos fuertemente y comienzas a orar con más intensidad, pero esta vez sientes un poco de miedo de que ese sea tu último momento. Si cierras ahora mismo tus ojos y te imaginas en ese asiento del avión, vas a sentir miedo, te vas a asustar cada vez que el avión tenga una bajada repentina porque sabes algo: tú no lo puedes controlar.

Cuando comienzas a experimentar una decisión difícil, no necesariamente comienzas con el avión en picada; probablemente comienzas con una pequeña turbulencia que piensas que son unas inmensas nubes llenas de agua que están ocasionando que el avión tiemble. Ahí es cuando te quedas sin trabajo; sientes esa pequeña turbulencia en el avión, pero estás tranquilo porque son solo unas nubes que se interpusieron en el camino. Sin saberlo, está por comenzar las turbulencias más fuertes que has vivido: la búsqueda de trabajo es tu misión de cada día. Además, cuentas con un buen fondo de emergencia; tu confianza está en Dios, pero estás luchando con tus propias fuerzas en permanecer tranquilo porque confías en tu gran ahorro de emergencia que con sabiduría hiciste hace meses o años.

Tu mente va tranquilizándose poco a poco cuando de repente escuchas al piloto que todos y cada uno deben estar con sus cinturones amarrados y sus asientos en posición derecha. Tu mente te engaña pensando que es parte del protocolo; es lo que sucede cuando ves tus ahorros de emergencia disminuyendo, lo cual es normal porque para eso está la cuenta de emergencia. Miras a tu alrededor y te percatas de las azafatas amarrándose en sus asientos y sus rostros muestran preocupación. Continúas con la oración intensa con Dios; aún no entiendes lo que sucede, pero estás confiado en que todo estará bien. Estás seguro de que el piloto tiene todo bajo control.

El vuelo continúa con la turbulencia; poco a poco te has ido acostumbrando a los brincos del avión, pero de pronto sientes una caída repentina. Tus ojos se abren grandemente y tus manos

aprietan el asiento. Ya se utilizó todo el fondo de emergencia. Ahora comienzas a vivir tu vida cheque a cheque y, aunque sea poco, entra dinero de ambos lados, pero no hay cómo recuperar la cuenta de emergencia. Cuando ya te has ido acostumbrando a la caida y piensas que vas a subir en cualquier momento, sientes una caída más fuerte: no hay dinero para la comida ni la renta, por primera vez estás atrasado y tienes que decidir entre el seguro de auto o el seguro del apartamento. En esos momentos, aprietas tus ojos fuertemente y comienzas a estar en más intimidad con Dios porque no lo sientes. Comenzaste a orar desde que pensabas que eran unas nubes, pero ahora el avión va bajando y no ves que mejora, sino que te asustas cada vez más.

Sin embargo, vuelves a calmarte hasta que de repente ves cómo salen las máscaras de oxígeno. Así me he sentido en algunos momentos de la prueba: sin oxígeno, necesitando las máscaras para no desfallecer. Desde las gradas a veces es más sencillo decir que solo fue un susto en el avión; sin embargo, los que estaban sentados en esos asientos saben que no fue simplemente un susto. Pasaste por etapas que cada una de ellas te hizo más fuerte. En medio de la turbulencia es difícil confiar en el piloto, pero confiamos en él porque es el único que nos puede ayudar. Así mismo, en medio de nuestra prueba tenemos que confiar en Dios porque, ¿sabes algo? Es el único que nos puede ayudar. De esa turbulencia te saca solo Dios; no hay amigo, familiar o conocido que te saque, el único que te puede sacar es Él. Así que, aunque tengas momentos de miedo y te tiemblen las manos, aunque de repente te dé coraje y busques culpables, aunque de repente pierdas las fuerzas, estás dentro del avión. Amárrate, acomódate en el asiento, cierra tus ojos y confía en que Dios tiene el plan perfecto. Gracias a Dios por esta breve tribulación momentánea que ha moldeado mi carácter, que ha desarrollado mi tolerancia, que me ha hecho entender que vivimos en un mundo cambiante y que lo único que nunca cambia es el amor que tiene por nosotros. Dios pondrá a las personas indicadas en el momento preciso. Cuando pensábamos que íbamos a estrellarnos, el avión simplemente subió un poco porque nunca lo va a dejar estrellar. Dios se ha encargado de enviarme bendiciones a través de familiares, amigos y hasta desconocidos. Hoy le doy gracias por multiplicar los panes y los peces porque no me encuentro desde las gradas; aún me encuentro amarrada y en posición derecha en el asiento del avión. Hay momentos y hay días donde el avión da una bajada repentina que siento que se estrella, pero siempre vuelve a subir y sé que llegará a las nubes más altas donde la turbulencia no se sienta más porque el piloto de mi vida es Dios.