Hace unos días, tuve la primera experiencia en un proceso de MRI, pues tenía una dolencia en un hombro. La verdad es que nunca había estado en uno de esos procedimientos; sin embargo, me sentía muy seguro y confiado. Pero cuando comenzó y me vi atrapado en ese pequeño espacio que es un cilindro, casi del tamaño de tu cuerpo, muy angosto, comencé a sentir ansiedad, claustrofobia y desesperación.
Para colmo, el enfermero que me había dicho que le hiciera alguna señal si deseaba que detuviera el proceso, se desapareció de mi vista. Fue entonces cuando recordé unos pasajes de los Salmos y los recité en voz alta. Oré al Señor pidiendo paz y diciendo: «Te necesito, Espíritu Santo.» Vinieron a mi mente algunas escrituras de los sermones de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28) De inmediato, comencé a sentir Su abrazo, Su paz y llegó la tranquilidad. Un procedimiento que debería tomar unos 10 minutos, se convirtió en 18 minutos, y yo allí reflexioné en mi necesidad de depender siempre de Dios y no de mis fuerzas y capacidades.
Con estas pequeñas cosas que vivimos a diario, aprendemos de parte de Dios a no creernos autosuficientes y siempre comprender que, sostenidos de Su brazo, es que estamos seguros. Es un pequeño ejemplo de que, a veces, creemos que solos podemos manejarlo todo, pero qué bueno y misericordioso es Dios, que cuando clamamos, allí estará para socorrernos. «Este pobre clamó, y le oyó Jehová» (Salmos 34:6). «Claman los justos, y Jehová los oye» (Salmos 34:17). Hoy, Dios te deja saber que confíes en Él y que, cuando clames, allí estará en tu ayuda, cualquiera sea tu situación.