Nadie había realizado hechos tan sorprendentes y maravillosos. Hubo manifestaciones de milagros, sanidades y libe
raciones. Era una autoridad de Dios innegable, real, palpable y manifiesta ante Israel y sus alrededores.
Ciertamente, Jesús y Su fama se extendían por toda la tierra (Lucas 4:14).
La fama no es el problema, sino que los aplausos, las lisonjas y el adular NO enorgullezcan nuestro corazón, NI sean nuestra motivación de vida y MUCHO MENOS le roben la Gloria a Dios, a quien le pertenece.
¿Qué hacía Jesús mientras su fama se difundía más y más? Respuesta: ¡Se escondía! «Pero Él se apartaba a lugares desiertos y oraba» (Lucas 5:16).
Ten buen nombre y reputación (Proverbios 22:1), pero no hagas nada con la intención de ser visto por los hombres (Mateo 23:5), guarda tu corazón.
Utiliza la fama para bendecir a todo el que te busque. Haz como Jesús: sana, sé accesible, bendice, ayuda al que sufre, desata al atado, y haz que caminen en la fe que proclamas en Cristo Jesús (Mateo 4:24).
Finalmente, después de hacer lo ordenado por Dios, mira hacia arriba, señala al cielo y grita: «¡Tuya, oh Dios, es la Gloria!» Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos (Lucas 17:10).