La Biblia nos relata una experiencia del profeta Ezequiel, donde, en una visión, se le invita a adentrarse a un río. Al comienzo, el agua le llegaba hasta los tobillos, donde aún podía movilizarse y caminar. Luego se le solicita adentrarse más, y el agua le alcanza hasta las rodillas, después hasta los lomos, y, finalmente, solo nadando podía continuar. Esto puede tipificar la vida del cristiano: a veces podemos andar tocando el piso, en control y dependiendo de nuestras fuerzas, pero hay momentos en nuestras vidas en los que las circunstancias nos llevarán a depender únicamente de Dios.

Dice en Salmos 32:8: «Te haré entender y te enseñaré el camino por donde debes andar». Dios nunca nos señala una senda para hacernos daño, pero no hay duda de que en el caminar enfrentaremos momentos como este, donde solo la fe y la confianza en Dios nos ayudarán a seguir adelante. Ezequiel 47:5 nos muestra un camino ya a nado, donde el creyente ya no domina, ya no está en control, y nadar es típico de vivir por fe, confiando únicamente en que el que te llamó estará contigo en ese valle de sombra y de muerte por donde Él te indica que andes.

Por alguna razón, Dios no mandó a Noé a poner un timón al arca, porque en momentos duros de olas quizás trataría de tomar el control. Aquí es por fe, solo confiando, creyendo y andando en lo invisible. ¿Qué haces cuando no tocas piso? ¿Qué haces cuando no ves por lo gris de la situación? ¿Qué haces cuando todo va en tu contra y Dios te dice: «Sigue andando, no te detengas»? Hoy te invito a confiar en el que te ha llamado.

Abraham oyó la voz de Dios que le dijo: «Vete a una tierra que yo te mostraré» (Génesis 12:1). Es fácil cuando nos dicen a dónde nos vamos a mover, la ciudad o la posición, pero el que le cree a Dios se mueve en fe. Nuestras vidas no deben estar guiadas por impulsos, compromisos terrenales o la razón humana, sino por la Palabra que sale de la boca de nuestro guiador, el Espíritu Santo. Dice en San Juan 16:13: «Él nos guiará a toda verdad». Confía y vive por fe.