“Y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”
S. Mateo 18:3 RVR1960
Vivimos en un mundo que constantemente nos empuja a protegernos y competir por lo que deseamos, muchas veces a costa de los demás. Recientemente vi un video en el que un adulto atrapó una pelota de béisbol junto a una niña. La niña, emocionada, pensó que la pelota era suya, pero el hombre simplemente se la llevó, sin pensar en cómo ella se sentiría. Este acto me llevó a reflexionar: ¿cuántas veces nuestras actitudes, moldeadas con los años, nos alejan de la pureza y sencillez que caracteriza a los niños?
Conforme crecemos, adoptamos comportamientos que aprendemos de otros, pero que muchas veces nos desconectan de los valores que Dios quiere que vivamos. Creamos defensas y mecanismos de supervivencia para enfrentar un mundo materialista y egoísta, perdiendo en el proceso la sensibilidad y la humildad propias de un corazón infantil.
Hoy en día, incluso los niños están siendo empujados a crecer demasiado rápido. La tecnología, aunque útil, acelera este proceso y les quita la inocencia y la capacidad de disfrutar las pequeñas cosas. Como padres, tenemos la responsabilidad de guiarles, pero también de examinar nuestras propias vidas y reenfocarnos en lo que realmente importa.
Jesús nos llama en Mateo 18:3 a volvernos como niños para poder entrar en el reino de los cielos. Esto no significa ser inmaduros ni olvidar lo aprendido con los años, sino recuperar ciertas cualidades esenciales. Un niño no guarda rencor por mucho tiempo. Puede enojarse con un amigo, pero al poco rato estará jugando con él como si nada hubiera pasado. Los niños tampoco conocen la venganza ni viven preocupados por acumular riquezas, algo que la Biblia nos advierte en Proverbios 23.
Los niños son curiosos y a veces antojadizos, pero su atención se desvía rápidamente y no se aferran a lo que no pueden tener. Aquí es donde entra la guía del padre, quien los enseña y corrige con amor. Nuestro Dios hace lo mismo con nosotros: nos guía para que seamos como niños en pureza, humildad y confianza.
Muchas veces los pecados que cometemos son el resultado de complicarnos con cosas simples. Pero si volvemos a confiar en Dios como lo hace un niño con su padre, Él nos ayudará a superar cualquier obstáculo. Necesitamos pedirle dirección, depender de Él y recordar que su fortaleza es suficiente para cada día.
Hay un verso que me ha marcado profundamente: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Este verso me recuerda que, al depender de Dios, no hay desafío que no podamos superar. Hoy te invito a buscarlo, a pedirle que transforme tu corazón y te enseñe a vivir con la sencillez y la confianza de un niño. Dios te bendiga.