Desde el momento en que nacemos, nuestros padres deciden cómo seremos llamados; nos dan un nombre que nos identifica ante el mundo.
Para muchos, la identidad se construye a partir del comportamiento, de las impresiones que dejamos en quienes nos rodean. Cuando alguien escucha nuestro nombre y dice: “Te he visto antes”, es porque algo de nosotros ha dejado huella. Sin embargo, la verdadera identidad va mucho más allá de cómo otros nos perciben.
La pregunta importante es: ¿Qué es la identidad para Dios?
Dios no solo nos conoce por un nombre, sino que nos da una identidad eterna. Cuando nos acercamos a Él, descubrimos quiénes somos realmente: hijos amados, valorados y con propósito.
Recuerdo que en mi niñez, cuando tenía entre 8 a 10 años, las personas en el residencial donde vivía me llamaban “Muñeca”. Algunos vecinos y amigos de la familia también me identificaban como “la que no se peinaba” o “la que caminaba descalza por el residencial”. Hoy miro atrás y sonrío, porque lejos de avergonzarme, me siento orgullosa de mis raíces y de todo lo que me formó.
Pero ahora, como una mujer con una identidad en Cristo, sé que, aunque muchos aún me llamen “Muñeca”, mi verdadero nombre está en el corazón de Dios. Él me ha dado una nueva identidad, donde cada día me recuerda cuán profundamente amada soy.
Como dice la Palabra en 2 Corintios 5:17:
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas».
No importa de dónde vienes, ni cómo otros te hayan llamado. Lo que importa es quién eres en Dios: un ser único, transformado por Su amor y lleno de propósito.