Por: Maria L. Sánchez
Cuando el compromiso matrimonial se convierte en una excusa para permanecer en el dolor
Por María Sánchez
Cuando hablamos del matrimonio dentro de la fe cristiana, inmediatamente pensamos en palabras como amor, compromiso, fidelidad, perdón, paciencia y perseverancia. Son principios importantes y necesarios para construir una relación saludable.
Pero existe una conversación que también necesitamos tener.
¿Qué sucede cuando el maltrato proviene precisamente de la persona que prometió amarte?
Muchas veces pensamos en el maltrato solamente como una agresión física. Sin embargo, existen heridas que nunca dejan un moretón visible.
Hay maltrato verbal cuando constantemente se insulta, ridiculiza o menosprecia a la otra persona. Hay maltrato emocional cuando se manipulan sus sentimientos o se utiliza el miedo para controlarla. Puede existir control económico, aislamiento de familiares y amigos, amenazas, intimidación, humillación, abuso sexual e incluso manipulación espiritual.
Y quizás uno de los mayores peligros aparece cuando estas conductas comienzan a verse como algo normal dentro del matrimonio.
Una discusión no es lo mismo que un patrón de maltrato
Todo matrimonio tendrá desacuerdos.
Dos personas diferentes no siempre pensarán igual. Habrá momentos de frustración, discusiones, errores y situaciones que requerirán perdón.
Pero existe una diferencia entre atravesar conflictos matrimoniales y vivir constantemente bajo miedo, control o humillación.
Cuando una persona siente que tiene que medir cada palabra para evitar una reacción, cuando teme expresar lo que piensa, cuando constantemente se siente inferior, culpable o amenazada, ya no estamos hablando simplemente de una diferencia matrimonial.
Hay algo más profundo que necesita ser atendido.
El maltrato puede afectar muchas áreas de la vida.
Puede afectar la salud mental, generando ansiedad, miedo o confusión.
Puede afectar la salud emocional, haciendo que la persona pierda su autoestima.
Puede afectar las relaciones con familiares y amigos.
Y también puede alcanzar la vida espiritual, especialmente cuando se utilizan enseñanzas bíblicas para justificar determinadas conductas.
El compromiso matrimonial tiene que existir de ambos lados
El matrimonio representa un compromiso.
Pero ese compromiso no puede recaer solamente sobre una de las personas.
No podemos enseñarle a alguien que tiene que permanecer soportándolo todo mientras la otra persona continúa actuando sin asumir responsabilidad.
Efesios 5:25 enseña:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia.”
El modelo presentado es Cristo.
Y Cristo no ama humillando.
No ama manipulando.
No ama destruyendo.
No ama provocando miedo.
Si hablamos de compromiso matrimonial, entonces tenemos que hablar también de respeto, responsabilidad, protección y amor mutuo.
Perdonar no significa permitir que continúen haciéndote daño
Como cristianos creemos en el perdón.
Jesús nos enseñó a perdonar y a no vivir dominados por el resentimiento.
Pero algunas veces hemos confundido el significado del perdón.
Perdonar no significa darle permiso a otra persona para continuar repitiendo la misma conducta.
Puedes perdonar y establecer límites.
Puedes perdonar y pedir ayuda.
Puedes perdonar y reconocer que algo necesita cambiar.
Puedes perdonar y tomar distancia mientras una situación se atiende.
El perdón puede ocurrir dentro del corazón de una persona, pero la reconciliación requiere la participación de ambas partes.
Para restaurar una relación donde ha existido daño tiene que haber reconocimiento, arrepentimiento, responsabilidad y cambios reales.
Las palabras por sí solas no restauran aquello que constantemente vuelve a romperse.
Las heridas que no atendemos pueden crecer
Hebreos 12:15 habla de una raíz de amargura que puede brotar y causar dificultades.
Una persona que ha vivido durante mucho tiempo bajo maltrato puede desarrollar heridas profundas.
Puede comenzar a desconfiar de todos.
Puede sentirse culpable por cosas que nunca fueron su responsabilidad.
Puede pensar que no merece algo mejor.
Incluso puede acostumbrarse tanto al ciclo que le resulte difícil reconocer lo que está sucediendo.
Por eso la restauración no consiste solamente en detener el maltrato.
También significa sanar lo que quedó después.
Volver a reconocer nuestro valor.
Aprender nuevamente a confiar.
Recuperar nuestra voz.
Reconstruir relaciones saludables.
Y entender que pedir ayuda no representa debilidad.
Buscar ayuda no significa falta de fe
Hay problemas que requieren oración.
Y hay problemas que requieren oración y también ayuda profesional.
Un pastor puede ofrecer acompañamiento espiritual. Un consejero o profesional de salud mental puede ayudar a comprender patrones emocionales. Personas de confianza pueden convertirse en una red de apoyo. Y cuando existe violencia o peligro, pueden ser necesarias medidas adicionales para proteger a quienes están siendo afectados.
Proverbios 11:14 dice:
“En la multitud de consejeros hay seguridad.”
Dios puede utilizar diferentes personas y recursos para ayudarnos.
No deberíamos hacer sentir culpable a alguien por necesitar ayuda.
Mucho menos decirle que buscar ayuda significa que no está confiando suficientemente en Dios.
La iglesia necesita aprender a escuchar
Como comunidad cristiana tenemos una responsabilidad.
Cuando alguien comienza a contar que está viviendo una situación difícil dentro de su hogar, nuestra primera reacción no debería ser juzgar.
Tampoco deberíamos apresurarnos a defender automáticamente al esposo o a la esposa sin conocer lo que está ocurriendo.
Hay veces que una persona solamente necesita que alguien finalmente la escuche.
Debemos tener cuidado con expresiones como:
“Eso pasa en todos los matrimonios.”
“Solamente tienes que orar más.”
“Tienes que aguantar porque hiciste un compromiso.”
“Perdona y olvídalo.”
La oración es poderosa.
El perdón es necesario.
El compromiso matrimonial es importante.
Pero ninguno de estos principios debería utilizarse para silenciar a alguien que está sufriendo.
El maltrato también puede ocurrir contra un hombre
También tenemos que romper otro estigma.
Cuando hablamos de violencia o maltrato dentro de una relación, muchas veces pensamos exclusivamente en la mujer como víctima.
Las mujeres representan una parte importante de quienes viven violencia doméstica, pero también existen hombres que enfrentan abuso emocional, psicológico, físico o económico por parte de sus parejas.
Y muchos no hablan por vergüenza.
Temen que nadie les crea.
Temen ser ridiculizados.
Como iglesia debemos estar preparados para escuchar a cualquier persona que esté atravesando una situación de maltrato.
El dolor no necesita género para ser real.
¿Y qué pasa con el divorcio?
El divorcio produce dolor.
No solamente entre esposo y esposa.
Puede afectar hijos, familias, amistades, economía, estabilidad emocional y sueños construidos durante muchos años.
Por eso nunca debería tratarse como una decisión insignificante.
Pero reconocer el dolor que produce un divorcio tampoco significa ignorar el daño que puede estar ocurriendo dentro de un matrimonio.
No todas las situaciones son iguales.
No podemos conocer completamente la historia de alguien simplemente observándolo desde afuera.
Por eso debemos ser muy cuidadosos antes de juzgar a una persona por quedarse o por decidir tomar distancia.
Detrás de cada decisión puede existir una historia que desconocemos.
Dios nos llamó a amar
Jesús dijo en Juan 13:34:
“Que os améis unos a otros; como yo os he amado.”
Ese debe ser nuestro punto de referencia.
El amor de Cristo no busca dominar.
No busca destruir.
No busca humillar.
El verdadero amor respeta.
Protege.
Escucha.
Corrige cuando es necesario, pero no destruye la dignidad del otro.
Por eso necesitamos comprender algo:
amar no significa soportar maltrato.
Y perdonar no significa continuar permitiendo aquello que está destruyendo nuestra salud emocional, mental, física o espiritual.
Una reflexión para todos nosotros
Antes de preguntarle a una persona por qué continúa en una relación difícil, quizás deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para ayudarla.
Antes de preguntarle por qué decidió irse, quizás deberíamos escuchar lo que tuvo que vivir antes de tomar esa decisión.
Antes de emitir una opinión desde afuera, recordemos que no conocemos todo lo que ocurre detrás de las puertas de un hogar.
Como creyentes estamos llamados a restaurar, acompañar, orar y amar.
No a convertirnos en jueces del dolor ajeno.
Podemos defender el matrimonio y al mismo tiempo defender la dignidad de quienes están dentro de él.
Podemos enseñar perdón sin eliminar los límites.
Podemos hablar de reconciliación sin ignorar la responsabilidad.
Podemos creer que Dios transforma matrimonios sin pedirle a alguien que permanezca indefinidamente dentro de un ciclo de maltrato.
Porque el matrimonio fue diseñado para ser un lugar de compañerismo, amor y respeto.
No una prisión.
Y quizás alguien necesita escuchar esto hoy:
No tienes que sufrir en silencio para demostrar cuánto amas a Dios.
Por María Sánchez
Notas con Propósito