Por: Reinaldo Aponte
Una reflexión ante las controversias que hoy ocupan las redes cristianas
En los últimos días, las redes sociales dentro de la comunidad cristiana puertorriqueña se han llenado de comentarios, videos, publicaciones y opiniones relacionadas con distintas controversias: situaciones familiares alrededor del evangelista Jorge Raschke, lo ocurrido recientemente durante Clamor a Dios y, anteriormente, la controversia relacionada con una camisa que utilizaba las imágenes de reconocidos evangelistas.
Hay preguntas legítimas.
¿Quién tenía permiso?
¿Quién no lo tenía?
¿Quién dijo la verdad?
¿Quién actuó correctamente?
¿Quién debió hacer las cosas de otra manera?
Pero desde Notas con Propósito queremos detenernos ante una pregunta diferente:
¿Es realmente esa la conversación que más necesita la Iglesia en este momento?
No pretendemos determinar quién tiene la razón.
Tampoco escribimos estas palabras para defender o condenar a ninguna de las personas involucradas.
Nuestro propósito es mirarnos a nosotros mismos.
Antes de señalar la paja
Jesús hizo una advertencia que continúa siendo tremendamente pertinente:
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”
— Mateo 7:3
Es fácil observar una situación desde una pantalla y decidir quién actuó correctamente.
Es todavía más fácil cuando conocemos solamente una parte de la historia.
Pero detrás de los nombres conocidos, los ministerios, las plataformas y los titulares existen seres humanos. Existen padres, hijos, hermanos y familias que pueden estar atravesando situaciones que nosotros desconocemos.
Podemos tener opiniones. Podemos incluso tener preguntas legítimas.
Pero no conocemos todas las conversaciones que ocurrieron detrás de puertas cerradas.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Quiénes somos nosotros para convertir el dolor de otra familia en entretenimiento cristiano?
La Biblia no nos llama a ignorar lo incorrecto ni a abandonar el discernimiento. Pero existe una enorme diferencia entre discernir una situación y alimentarnos de ella.
Mientras discutimos, hay una generación observándonos
Quizás esta sea la parte que más debería preocuparnos.
Mientras miles de cristianos comparten publicaciones intentando determinar quién tiene razón, nuestros jóvenes están mirando.
También están mirando quienes apenas comienzan su caminar con Cristo.
¿Qué imagen de la Iglesia están recibiendo?
Una persona que acaba de acercarse al Evangelio posiblemente no comprende nuestras estructuras ministeriales, nuestras diferencias denominacionales ni nuestros conflictos históricos.
Simplemente observa.
Observa cristianos atacando cristianos.
Observa comentarios hirientes.
Observa rumores compartidos como si fueran hechos.
Observa personas celebrando la caída o la vergüenza de alguien porque pertenece al “otro lado”.
Y después queremos decirle:
“Ven a conocer el amor de Cristo.”
Tenemos que reconocer la contradicción.
Jesús dijo:
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”
— Juan 13:35
No dijo que reconocerían a sus discípulos por quién ganara una discusión.
Dijo que nos reconocerían por nuestro amor.
Una camisa no puede convertirse en nuestra misión
También hemos observado discusiones relacionadas con el uso de imágenes de reconocidos evangelistas en una camisa y las preguntas sobre si existieron o no las autorizaciones correspondientes.
Ese asunto puede tener implicaciones legítimas relacionadas con permisos, derechos de imagen o decisiones de familiares y organizaciones.
Si corresponde resolverlas, deben resolverlas quienes tienen autoridad y responsabilidad para hacerlo.
Pero el resto de la Iglesia debe preguntarse:
¿Cuánto tiempo vamos a invertir discutiendo una camisa mientras hay jóvenes que necesitan escuchar el Evangelio?
Hay familias destruidas.
Hay jóvenes buscando identidad.
Hay personas luchando contra adicciones.
Hay matrimonios necesitando restauración.
Hay personas solas.
Hay comunidades necesitadas.
Hay una generación creciendo con acceso a miles de voces que compiten diariamente por su atención.
Y nosotros tenemos algo extraordinario para entregarles:
las buenas nuevas de Jesucristo.
Pablo escribió:
“¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”
— Romanos 10:15
Nuestra comisión continúa siendo la misma.
El ruido también distrae
El enemigo no necesariamente necesita lograr que la Iglesia deje de existir.
A veces solamente necesita conseguir que la Iglesia se distraiga.
Mientras discutimos personas, dejamos de hablar de Cristo.
Mientras defendemos nombres, olvidamos el Nombre sobre todo nombre.
Mientras peleamos por plataformas, dejamos abandonado el campo misionero.
Mientras contamos reproducciones, comentarios y seguidores, alguien continúa esperando que una persona le diga:
“Cristo te ama. Hay esperanza. Puedes comenzar nuevamente.”
Efesios nos recuerda:
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne…”
— Efesios 6:12
Nuestro hermano no es nuestro enemigo.
Nuestra hermana tampoco.
Y mucho menos debería convertirse una familia cristiana atravesando dificultades en el nuevo campo de batalla de las redes sociales.
No seguimos hombres
Esta quizás sea una de las enseñanzas más importantes que podemos sacar de todo esto.
Podemos honrar evangelistas.
Podemos reconocer pastores.
Podemos agradecer el trabajo de aquellos que dedicaron décadas al Evangelio.
Podemos reconocer legados.
Pero no seguimos hombres.
Seguimos a Cristo.
Pablo tuvo que enfrentar exactamente este problema en la Iglesia de Corinto:
“Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo?”
— 1 Corintios 1:12-13
Dos mil años después, la pregunta continúa vigente.
¿Somos de este evangelista?
¿De aquel ministerio?
¿De esta familia?
¿De aquella organización?
¿O somos de Cristo?
Los hombres somos instrumentos.
Somos vasijas.
Somos servidores temporales dentro de una obra que comenzó antes de nosotros y continuará después de nosotros.
Pablo lo explicó maravillosamente:
“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.”
— 1 Corintios 3:6
Uno planta.
Otro riega.
Pero Dios da el crecimiento.
Por eso ningún ministerio, apellido, organización, plataforma o generación puede apropiarse de aquello que solamente le pertenece a Dios.
¿Qué pasaría si cambiáramos el “share” por una oración?
Antes de compartir el próximo video de la controversia, podríamos detenernos unos segundos.
Antes de escribir:
“¿Viste lo que hizo?”
Podríamos preguntar:
“¿Ya oraste por ellos?”
Antes de investigar quién ganó la discusión, podríamos preguntarnos:
“¿A quién le hablé hoy de Jesús?”
Santiago nos recuerda:
“La lengua es un fuego.”
— Santiago 3:6
Hoy esa lengua también tiene teclado.
Tiene Facebook.
Tiene Instagram.
Tiene TikTok.
Tiene botón de compartir.
Y algo que nos toma tres segundos publicar puede aumentar durante días el dolor de una persona o una familia.
La Iglesia tiene asuntos más urgentes
Puerto Rico necesita una Iglesia despierta.
Nuestros jóvenes necesitan referentes que les enseñen que pueden tener diferencias sin destruirse.
Los nuevos creyentes necesitan descubrir una comunidad donde exista verdad, pero también gracia.
Las familias necesitan restauración.
Los necesitados necesitan ayuda.
Y quienes todavía no conocen a Cristo necesitan escuchar las buenas nuevas.
Por eso quizás el verdadero titular no debería ser:
“¿Quién tiene la razón?”
Quizás debería ser:
“Iglesia, ¿dónde está puesta nuestra atención?”
Podemos informarnos.
Podemos preguntar.
Podemos ejercer discernimiento.
Pero no permitamos que una controversia familiar o ministerial se convierta en alimento para nuestras redes mientras olvidamos aquello para lo cual fuimos llamados.
Pablo nos ofrece una excelente medida:
“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.”
— 1 Corintios 10:23
Antes de publicar, comentar o compartir, hagámonos tres preguntas:
¿Esto edifica?
¿Esto acerca a alguien a Cristo?
¿Esto ayuda a sanar o simplemente añade más ruido?
Porque al final todos nosotros —pastores, evangelistas, comunicadores, líderes y creyentes— somos solamente vasijas en las manos del Alfarero.
El protagonista nunca fuimos nosotros.
El protagonista es Cristo.
Que mientras el mundo intenta convertir nuestros problemas en espectáculo, la Iglesia vuelva a convertirlos en motivo de oración.
Que donde otros busquen bandos, nosotros busquemos reconciliación.
Que donde exista ruido, llevemos paz.
Que donde exista dolor, llevemos esperanza.
Y que mientras otros preguntan:
“¿De qué lado estás?”
Nuestra respuesta pueda ser sencilla:
Del lado de Cristo, llevando las buenas nuevas.
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”
— Mateo 5:9
Notas con Propósito
Informar también significa saber cuándo una noticia debe llevarnos a reflexionar, en lugar de simplemente reaccionar.